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Bajo el dominio inglés cualquier manifestación cultural irlandesa era considerada como potencialmente sediciosa. Durante el reinado de la reina Isabel los bardos y músicos tradicionales eran ejecutados en público, aunque se sabe que en privado ella misma gustaba de sus actuaciones.

También el rey Enrique VIII consideró que los músicos tradicionalistas incitaban a los nativos a la revuelta. Pero a parte de éstas catastróficas decisiones tomadas por los gobernantes ingleses el golpe mortal para la población irlandesa se produjo por la gran hambruna acaecida por la pérdida de los cultivos de patata.

Muchos de aquellos músicos que sobrevivieron a estos años compusieron muchas temáticas de lamento y muerte en memoria de aquella época.

La Represión

Cuando la opresión inglesa y la gran hambruna pasaron y justo empezaban a resurgir las notas definitorias de la cultura irlandesa tales como el Gaélico (1893), de nuevo, la represión a todas estas manifestaciones vinieron de parte de la iglesia francesa, que veía en los movimientos de los bailarines pasos de baile poco decorosos.

Incluso en el festival musical anual de 1951 se produjeron pequeños disturbios por parte de los puritanos.

Etapa Final

Pero de repente e inesperadamente un hombre apareció en la escena cultural y terminó con la crisis existente transformando la música tradicional. Fue Seán Ó Riada a partir de 1960 que transformó las formas y melodías tradicionales a los nuevos tiempos.

La danza tradicional también sufrió su transformación pero esta vez en manos de Michael Flatley que rompió la mayoría de las reglas de varios pasos de danza. Su talento como bailarín y flautista fue conocido a través de los chieftains.

Actualmente es altamente reconocida y valorada la calidad y atributos de la danza irlandesa y de la música tradicional como marcas identificativas de este pueblo.

Entre los exponentes contemporáneos de esta música se pueden nombra a Enya, The Dubliners y The Chieftains.